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Los sistemas alimentarios sufren un violento deterioro por la crisis climática, los conflictos y la COVID-19

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El hambre es una lacra a la que contribuyen diferentes factores: la crisis climática (con la degradación de los recursos naturales y su impacto en la producción de alimentos o el desplazamiento forzoso de poblaciones de las zonas más afectadas) y los conflictos (el impacto de la violencia en la se­guridad alimentaria con el máximo exponente en el uso del hambre como arma de guerra). A ello se ha sumado la crisis sanitaria y socioeconómica desatada por la COVID-19, que ha tenido un impacto en los sistemas alimentarios de todo el mundo.

“Tenemos que abordar los factores que causan la inseguridad alimentaria, como la crisis climática, los conflictos o las desigualdades económicas, anticipándonos e innovando para encontrar soluciones. Y, al mismo tiempo, apoyar a las víctimas de estas crisis alimentarias con la mayor rapidez y cercanía posible para evitar muertes y aliviar el sufrimiento de quienes enfrentan este problema”, afirma Luis González, director de Ingeniería Técnica y Acción Social de Acción contra el Hambre.

El hambre erosiona las capacidades de las poblaciones más vulnerables, generando exclusión y llevando a un retroceso en cuanto a los avances conseguidos. La inseguridad alimentaria, ya en aumento desde 2014, se ha disparado en el último año. La desnutrición, una de sus caras, representa un obstáculo devastador para el desarrollo cognitivo y físico de los niños y niñas, impidiéndoles alcanzar su pleno potencial. También conlleva enormes pérdidas económicas. La nutrición es, por tanto, una cuestión tanto de derechos humanos como económica y política.

Hambre y conflicto

El informe de Naciones Unidas sobre El Estado de la Seguridad Alimentaria y la Nutrición en el Mundo (SOFI) constata que el hambre sigue aumentando por quinto año consecutivo. Los conflictos siguen siendo el factor más importante para la generación de inseguridad alimentaria severa, que la sufren 99 millones de personas -un 50% más que el año anterior-. A todo ello se suma la crisis climática y el impacto sanitario y socioeconómico de la COVID-19.

“No podremos conseguir cambios sostenibles y significativos en la seguridad alimentaria de las personas, si se mantiene un nivel de violencia e inestabilidad en las zonas donde residen, poniendo en riesgo o degradando sus medios de vida o sus propias vidas. Pero, al mismo tiempo, no podremos conseguir acabar con la inestabili­dad en las regiones afectadas por ellas, mientras no se reduzca la inseguridad alimentaria que desnaturaliza las relaciones en­tre comunidades y presiona sus medios de vida”, explica Manuel Sánchez Montero, director de Incidencia y Relaciones Institucionales de Acción contra el Hambre.

Hambre y COVID-19

Junto a ello, los estragos de la pandemia en términos socioeconómicos han desembocado en una crisis alimentaria. “El impacto en las cadenas de aprovisionamiento se ha traducido en un aumento de los precios en muchos países. Además, la desaceleración económica ha llevado a muchas familias a perder sus ingresos. En países donde los sistemas de protección social frágiles se han visto desbordados sin capacidad de asumir la carga de vulnerabilidad dejando a familias sin otras estrategias que la adaptación de su patrón de consumo de alimentos”, expone Amador Gómez, director de Investigación, Desarrollo e Innovación en Acción contra el Hambre.

Hambre y crisis climática

La crisis climática, representada por la inestabilidad y los eventos extremos, como olas de calor, sequías, huracanes o inundaciones, es otro factor determinante del aumento del hambre en el mundo, y una de las principales causas de las crisis alimentarias, ya que tiene un impacto directo en los medios de vida de las poblaciones locales. El aumento e intensidad de estos fenómenos naturales perturba los ciclos de cultivo, acelera la desertificación, esteriliza los suelos, reduce el acceso al agua y a la producción agrícola.

Así, los efectos de la crisis climática afectan gravemente al acceso y disponibilidad de los alimentos, además de a los hábitos alimentarios, los cuidados y las prácticas de salud de las poblaciones más vulnerables.

La variabilidad climática afecta de manera desigual a quienes viven en países de renta baja, donde se adoptan medidas de adaptación, en contraposición con los países de renta alta, donde priman las medidas de mitigación. Esto evidencia la necesidad de trabajar con un enfoque integral que permita anticiparse y establecer mecanismos y estructuras que minimicen el impacto de los desastres naturales.

Así, es crucial que las personas que más sufren el hambre y que están directamente implicadas en la producción de alimentos formen parte del debate en torno a los sistemas alimentarios: pequeños agricultores, trabajadores agrícolas y de la alimentación, pastores, pescadores, pueblos indígenas, mujeres y jóvenes, entre otros. 

La agroecología, solución transformadora

“La agroecología promueve una transformación radical de los sistemas alimentarios y aborda dimensiones ambientales, socio-culturales, económicas y políticas. La alternativa de la agroecología permite una participación más justa de los grupos subrepresentados en el sistema alimentario en términos de acceso a la tierra, protección sostenible de los recursos productivos, distribución más justa de los beneficios a lo largo de la cadena y acceso equitativo a dietas saludables y sostenibles”, declara Hélène Pasquier, responsable de seguridad alimentaria y medios de vida de Acción contra el Hambre.

Y añade: “también hay que considerar los obstáculos específicos de género, como la falta de acceso y control sobre la tierra, la financiación, los mercados, la formación y información agrícola, y las condiciones de trabajo seguras y equitativas. Un sistema alimentario justo y equitativo desde el punto de vista del género debería ser un objetivo y un requisito previo para la transformación de los sistemas alimentarios, ya que las mujeres desempeñan un papel crucial en los sistemas alimentarios, al tiempo que se enfrentan de forma desproporcionada al hambre, la desnutrición y los impactos de la crisis climática”.

Campaña Día Mundial de la Alimentación 

Mañana día 16 de octubre es el Día Mundial de la Alimentación, y Acción contra el Hambre lanza la campaña Stop Hambremia con la que quiere evidenciar una realidad: aunque el hambre no es un virus infeccioso que se propague por contagio, es una enfermedad que avanza y afecta ya a una octava parte del planeta.

La organización humanitaria lanza, también, un dossier donde explica las causas que contribuyen, entre otros factores, a lacra del hambre en el mundo y expone sus intervenciones para responder ante estos problemas; además, muestra el lado humano del hambre: aquellos que la sufren en silencio, a través de testimonios de personas que la sufren en diversos lugares del mundo.

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