La EpD en tiempos de confinamientos

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May Adamuz Santos. Técnica de EpD de Proclade Bética

En cooperación decimos que el mundo cambia todo el rato. Estamos acostumbradas a ver cómo los países entran en guerras, derrotan dictaduras, se enfrentan a desastres naturales, luchan contra el hambre en silencio y defienden derechos que son arrebatados.

Ya antes del COVID-19 se decía que estábamos en un cambio de época. Un momento de transición ecosocial. Ya sabemos que, el mundo tal y como lo conocemos hoy, no podrá continuar. Porque hemos abusado de lo que la tierra nos ofrece. Hemos abusado de los campos, del aire, de la biodiversidad, de las costas, de los océanos, de los animales, de las selvas. Hemos abusado de la infancia, de las mujeres, de las personas mayores, de quienes carecen de una vivienda digna, de quienes migran, de quienes buscan refugio.

En la educación para el desarrollo (en adelante, EpD) nos ocupamos de esto y por eso insistimos en la necesidad de una ciudadanía global que transforme desde lo local, desde los márgenes, desde los saberes. Nos vamos a la raíz, reconocemos los males vivires y dibujamos horizontes emancipadores.

Situándonos en el hoy, vemos como este virus es tan global como la desigualdad y la pobreza. Tan global como deberían ser la justicia social y los derechos humanos. Tan global como el mundo que habitamos en el que todas y todos podemos encontrarnos en una situación de vulnerabilidad.

Y así ha sido. Este virus nos ha puesto en alerta colándose en todos los hogares, independientemente de la situación económica, de la etnia, del país o del barrio en el que habitemos. Aunque sus consecuencias provoquen más daño a unas que a otras, este virus ha conseguido que, hasta quienes nos encontramos en situaciones de privilegio, nos sintamos vulnerables. Tan vulnerables que hicimos compras masivas y nos mudamos a los sures, sin pensar en las personas.

La educación para el desarrollo, y en concreto, el proyecto Si el Mundo fuese un Iceberg, es una oportunidad para reflexionar sobre cómo el confinamiento de la población nos está invitando a mirar debajo del iceberg y a desarrollar la empatía con quienes se llevan sintiendo vulnerables años, décadas.

Este virus ha retirado el agua y nos está acercando a realidades que siempre han estado ahí pero que no están visibilizadas ni valoradas. Realidades que a un sistema depredador no le interesan. Pero que desde la EpD visibilizamos una y otra vez.

Nos está recordando que las profesiones esenciales para la vida son todas las relacionadas con los cuidados y las tareas que sostienen la vida. Los cuidados, esos grandes olvidados. Además, el confinamiento ha brindado a la infancia la oportunidad de estar con sus familias. La infancia, otra gran olvidada.

Está expresándonos lo importante que es una vivienda digna. Un lugar seguro. Libre de violencia. Donde prime la convivencia, donde haya afectos. Sin hacinamientos. Sin pobreza energética.  Con la nevera llena.

Está invitándonos a reinventarnos. A pesar del aislamiento social, seguimos conectadas a través de la meditación, las llamadas, los rezos, los aplausos y la música. Saludamos y nos preocupamos más que nunca por nuestras vecinas.  Aplaudimos, cantamos y nos decimos hasta mañana.

A pesar del confinamiento, resolvemos el día a día reutilizando materiales que tenemos en casa. Nos está enseñando que no es necesario producir eso que el planeta no puede asumir.  Nos está dando aire más limpio. Nos está ofreciendo imágenes donde los animales ocupan un lugar que les fue arrebatado.

Esta crisis sanitaria, económica, social, ecológica, de valores, cultural y política nos está mostrando la necesidad de hacer las cosas de otra manera. Una manera donde pongamos la vida en el centro. Pero hay tanto ruido, que incluso en tiempos de confinamiento necesitamos de la educación para el desarrollo para sacar todos los iceberes y situarlos en los discursos que alimentan el imaginario colectivo.

¿Cuáles son las necesidades reales del ser humano? ¿Cuántas mujeres en cuantos hogares no estarán soportando las tareas de toda la familia? ¿Cuántas niñas y niños andaluces no se están alimentando bien al cerrarse los comedores escolares? ¿Cuántas familias no tienen jabón suficiente, verdura suficiente y agua suficiente? ¿Cuántas personas migradas que trabajan en los campos andaluces viven en chabolas, hacinadas y sin acceso a agua? ¿Cuántas mujeres están confinadas con su agresor? ¿Cuántas trabajadoras de hogar siguen en activo sin medidas de protección?

Necesitamos a la educación para el desarrollo porque destapa las injusticias sociales. Porque promueve la empatía y forma en el pensamiento crítico y transformador. Porque pone el foco en el reparto de la riqueza y en la buena gobernanza. Porque  visibiliza, desde las corrientes ecosociales, otra forma de ser y estar en el mundo más digna, más justa y más sostenible.

El covid-19 hará menos daño a su paso si estamos unidas, si primamos lo colectivo frente a lo individual, si valoramos y reconocemos lo esencial y si ponemos todos nuestros esfuerzos en cuidar a quienes cuidan. Ello, sin olvidarnos de los derechos humanos. Porque si los derechos que yo tengo no los tienen todas las personas, no son derechos, son privilegios.

No volveremos al mismo lugar en el que estábamos. Estamos en un cambio de época y quienes hacemos educación para el desarrollo seguiremos trabajando para ir a un lugar mejor, sin dejar a nadie atrás.

IMAGEN: Estrella Sanz.