En respuesta a la entrevista a José María Arenzana publicada en Diario de Sevilla

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Al leer la fatua entrevista con el Sr. Arenzana Seisdedos, publicada en el Diario de Sevilla el 11 de diciembre de 2019, uno pensaría que los problemas muy complejos a los que se enfrentan ciertos países de África (recordemos que África, como Europa, es un continente muy diverso de países con perfiles muy diferentes), son completamente atribuibles a las acciones de las ONG, específicamente las ONG humanitarias, “cuya misión es mantener su actividad”, según la opinión del Sr. Arenzana. Parece que la nefasta historia del colonialismo, el cambio climático y los intereses geoestratégicos y económicos de otros países en el continente no tienen nada que ver con la cuestión.

Las declaraciones del Sr. Arenzana están relacionadas con el momento histórico más grave y decisivo para los actores humanitarios, es decir, el genocidio de Ruanda de 1994, un acontecimiento que merece un periodismo serio basado en información factual, no en afirmaciones perezosas, anecdóticas y generalizadas.

Si bien una de las causas inmediatas del genocidio fue el fracaso de la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas para Ruanda, además del vacío de acción política, efectivamente, la acción humanitaria estuvo implicada en sus consecuencias, ya que fue instrumentalizada por los ex líderes del genocidio para reagruparse y rearmarse dentro de los campamentos de refugiados creados en la República Democrática del Congo, que fueron gestionados por actores humanitarios.

De todos los eventos que han configurado la respuesta humanitaria en los últimos tiempos, ninguno es más influyente que el genocidio de Ruanda, que condujo a uno de los mayores procesos de evaluación y la mayor reforma que el sistema humanitario ha presenciado en toda su historia.

Las conclusiones de esa auto reflexión fueron que (a) la asistencia humanitaria se había subvertido para apoyar a quienes habían causado la crisis en primer lugar; y (b) tanto la comunidad internacional como el sistema humanitario fracasaron en su análisis de la crisis en el momento en que tuvieron que tomarse decisiones fundamentales. Además, se llegó a la conclusión de que la ayuda humanitaria “fue utilizada al menos en parte por la comunidad internacional como alternativa a una acción política concertada”.

Estas conclusiones provocaron cambios en el sistema humanitario internacional durante la siguiente década, como la creación de importantes estándares humanitarios y mecanismos de rendición de cuentas y profesionalización, que siguen en uso hasta la fecha, tales como la Carta Humanitaria de Esfera y las normas mínimas para la respuesta a desastres, y el Código de Conducta de 1994 del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja y las ONG para el socorro en casos de desastre.

Los últimos 25 años han experimentado un cambio abrumador en la frecuencia, escala y envergadura de las crisis humanitarias. Estamos actualmente presenciando los niveles más altos de desplazamientos registrados de la historia. Unos 70,8 millones de personas en todo el mundo – un número sin precedentes – se han visto obligadas a abandonar su hogar en los últimos años. Entre ellas se encuentran 41,3 millones de personas desplazadas y 25,9 millones de refugiados y refugiadas.

En consecuencia, un número récord de 168 millones de personas en el mundo – 22 millones más con respecto a 2019 – necesitarán ayuda humanitaria y protección en 2020 (un dato anunciado por la Agencia de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios el 4 de diciembre de 2019).

El sistema humanitario ha recorrido un largo camino desde Ruanda, y se ha puesto a prueba de una manera nunca antes vista en los últimos años en su respuesta a las guerras civiles en Siria y Yemen, debido a la magnitud de sus impactos sobre la población civil, y al creciente peligro que representan para los actores humanitarios estos contextos a causa del total desprecio por el derecho internacional humanitario de las partes involucradas en dichos conflictos.

En este contexto, no solo es lamentable que un periodismo deficiente ponga en tela de juicio la respuesta al mayor nivel de necesidades humanitarias jamás presenciadas, sino que supone un peligro para las millones de personas que dependen de la asistencia humanitaria proporcionada por actores como nosotros, ya que socava la confianza de público en general en la capacidad de agentes como nosotros para satisfacerlas.

A los actores humanitarios todavía nos queda un largo recorrido de aprendizaje, pero estamos involucrados y comprometidos con un proceso constante de evaluación y mejora. En vista de la entrevista con el Sr. Arenzana, nos preguntamos si se puede decir lo mismo de periodistas como él, que hacen un flaco favor para que la profesión periodística mantenga una imagen de rigor y credibilidad ante la sociedad.

Grupo de organizaciones humanitarias de la Coordinadora Andaluza de ONGD