La mujer, clave para romper el círculo entre hambre y conflictos

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Seis de cada diez personas con hambre viven en países en conflicto. Se confirma la tendencia iniciada en 2016: la violencia se ha convertido en el principal factor desencadenante de crisis alimentarias. En 2018 había 113 millones de personas en 53 países en situación de crisis alimentaria (niveles 3, 4 y 5 de 5 según la clasificación internacional1). De ellos, 74 millones viven en 21 países en conflicto. Tres países (Yemen, República Democrática del Congo y Afganistán) encabezan, con 40 millones de personas con necesidad urgente de ayuda alimentaria, las principales crisis alimentarias mundiales.

La ayuda humanitaria se está convirtiendo recurrentemente en blanco de grupos armados: “solo en 2018 se registraron 310 actos de violencia contra personal humanitario. Esto no solo contraviene los principios más básicos del derecho internacional humanitario: negar el acceso de la ayuda a zonas como el norte de Nigeria implica condenar a la inanición a millones de personas y es una forma más de utilización del hambre como arma de guerra”, explicaba esta mañana en un desayuno informativo el director de incidencia y relaciones institucionales, Manuel Sánchez-Montero.

Por otra parte, las nuevas normas antiterroristas que donantes y gobiernos están estableciendo a nivel internacional suponen de facto dificultades para la acción humanitaria en contextos como Nigeria, Siria o Sudán del: “las trabas para la realización de transacciones financieras a determinados países en los que necesitamos operar, las limitaciones a los tipos de bienes que pueden ser suministrados o incluso la demanda de listas de beneficiarios (una medida que choca frontalmente con la neutralidad de la ayuda humanitaria basada en necesidades) podrían tener un impacto a corto plazo sobre el aumento del hambre en zonas de conflicto”, explicaba. Acción contra el Hambre, junto a otras organizaciones internacionales, está abogando por la flexibilización de este tipo de normas en determinados contextos.

Un año y medio después de la aprobación por unanimidad de la resolución 2417 de Naciones Unidas sobre hambre y conflicto urge desarrollar los mecanismos para ponerla en práctica: “necesitamos mecanismos de información que puedan llevar puntualmente hasta el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas tanto indicadores de cuándo una situación de inseguridad alimentaria podría desencadenar un conflicto como evidencias de la utilización del hambre como un arma de guerra allí donde se sitian poblaciones, se queman campos de cultivo o se bombardean pozos, establos o mercados. Necesitamos asegurar también mecanismos de sanción proporcionados y efectivos para este tipo de prácticas”, concluía Sánchez-Montero.

Las mujeres, presentadas a menudo solo como víctimas de primer nivel en conflictos, podrían asumir un rol protagonista en la prevención y resolución de los mismos “en línea con la resolución 1325 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, las mujeres –que producen entre el 70 y el 80 por ciento de los alimentos en los países en desarrollo – tienen mucho que aportar no solo a las negociaciones de paz, sino a la propia prevención de conflictos muchas veces desencadenados por la competición por tierra, agua u otros recursos productivos”, explicaba. “Durante los propios conflictos – continuaba- las mujeres asumen bruscamente el liderazgo del hogar por la muerte o reclutamiento de los hombres. Este cambio de los roles de género tradicionales comporta una restructuración económica y social que a largo plazo podría ser beneficiaria para la equidad de género y la seguridad alimentaria”, añadió.