
Cuando se habla de innovación, es habitual pensar en grandes avances tecnológicos, inteligencia artificial o el último modelo de smartphone. Sin embargo, en muchas partes del mundo, innovar significa algo muy distinto: resolver problemas cotidianos que determinan si una familia puede alimentarse, generar ingresos o acceder a servicios básicos.
Actualmente más de 700 millones de personas viven en situación de pobreza extrema y cerca de 735 millones sufren hambre de forma crónica. Estos retos no solo persisten, sino que en muchos contextos se agravan por el cambio climático, la inestabilidad económica o la falta de oportunidades de empleo e ingresos dignos.
Pero en muchos de los entornos más vulnerables, la innovación no llega en forma de grandes inversiones ni de tecnología de última generación. Llega, cuando llega, de forma fragmentada, sin adaptarse a la realidad local.
En esos contextos trabaja CODESPA desde hace más de 40 años, acompañando a comunidades rurales para hacer frente a problemas estructurales profundos como la pobreza persistente, la inseguridad alimentaria o la exclusión social. No trasladando modelos externos, sino construyendo soluciones con las personas que viven esos desafíos. Porque innovar, en estos contextos, no es crear algo completamente nuevo. Es hacer que algo funcione.
Mismo punto de partida, soluciones distintas
Aunque los contextos cambian, los problemas de base se repiten: producir más con menos recursos, reducir pérdidas, acceder a mercado o estabilizar ingresos. La diferencia está en cómo se abordan.
En Colombia, donde el café, el cacao o la caña de azúcar son pilares económicos para miles de familias rurales, el reto no era solo producir, sino hacerlo sin aumentar costes ni degradar el entorno del que dependen. Durante años, los residuos de estos cultivos se acumulaban o se quemaban, afectando al suelo, al agua y a la productividad futura.
El trabajo con más de 500 productores, el 40% mujeres, ha permitido introducir cambios progresivos: desarrollo de tecnologías de bajo coste para transformar esos residuos en nuevos productos aprovechables, mejora de los procesos y reducción de costes en tareas como el transporte de la caña mediante soluciones mecánicas adaptadas.
Pero el cambio más relevante no ha sido solo técnico, tal y como explica Flor Smith Perdomo, productora de café: “Antes quemábamos las basuras y no sabíamos que eso contaminaba… ahora sabemos cómo cuidar el suelo, los árboles y el café.”
Ese paso, de aplicar prácticas por inercia a tomar decisiones informadas sobre la producción, es lo que permite sostener mejoras en el tiempo.
A miles de kilómetros, en la Amazonía peruana, el punto de partida era diferente, pero la lógica similar: una producción centrada casi exclusivamente en el grano de cacao, con gran parte del fruto desaprovechado.
El mucílago (la pulpa blanca que recubre el grano) es rico en azúcares, vitamina C y compuestos antioxidantes, mientras que la placenta (la estructura que sostiene las semillas dentro de la mazorca) contiene fibra y compuestos con potencial como ingrediente alimentario. A partir de análisis técnicos y pruebas piloto, se identificó su viabilidad para el mercado.
La innovación ha consistido en incorporar nuevas etapas al proceso productivo: extracción y conservación del mucílago, deshidratado de la placenta y transformación en nuevos productos como bebidas, harinas o derivados. Esto ha requerido adaptar tecnologías a contextos rurales, introducir controles de calidad y reorganizar el trabajo dentro de las asociaciones.
El resultado es tangible: nuevas fuentes de ingreso, menor dependencia del precio del cacao y mayor estabilidad económica. Además, la colaboración con empresas como Agrolinera permite adaptar estos procesos a los estándares del mercado.
Innovar donde todo es más difícil
En la provincia de Tshopo, en la República Democrática del Congo, en territorios como Kisangani, Isangi u Opala, innovar es, directamente, resistir.
Las comunidades enfrentan una acumulación de obstáculos: suelos degradados, falta de materias primas y herramientas adecuadas, aislamiento, plagas, efectos del cambio climático y conflictos que amenazan su seguridad e interrumpen la actividad agrícola.
Aun así, más de 500 mujeres agricultoras organizadas en cooperativas, junto con otros productores, están introduciendo mejoras progresivas en sus sistemas productivos: uso de biofertilizantes, diversificación de cultivos, mejora en la conservación postcosecha o planificación de la producción según la demanda.
El elemento diferencial es cómo se introducen estos cambios. A través de las escuelas de campo, los productores experimentan directamente en sus parcelas, comparan resultados y ajustan las prácticas según lo que funciona en su entorno. Este proceso está acompañado por 48 facilitadores comunitarios de la propia comunidad que trabajan desde la cercanía, favoreciendo un aprendizaje entre iguales y una adopción más realista de las soluciones.
Los resultados son medibles: aumento progresivo de la producción, mejora de ingresos, mayor disponibilidad de alimentos, continuidad en la escolarización de los niños y niñas, y mayor participación de mujeres y jóvenes en actividades económicas. Además, 22 grupos están preparados para consolidarse como cooperativas, mejorando su capacidad de negociación y las condiciones en las que venden sus productos.
Tecnología cuando tiene sentido
En otros contextos, la tecnología digital se convierte en una herramienta útil cuando responde a problemas específicos. En Guatemala, una plataforma blockchain mejora el acceso a alimentos de 1.000 familias; en República Dominicana, 700 productores de cacao se adaptan a la normativa europea EUDR mediante herramientas digitales de trazabilidad que les permiten demostrar el origen de su producción y no quedar fuera del mercado; y en Filipinas, se combina conocimiento local y tecnología para transformar algas en biofertilizantes naturales, reduciendo la dependencia de insumos químicos más costosos y contaminantes.
Generar oportunidades: qué significa realmente
Hablar de oportunidades en estos contextos significa que una familia puede diversificar sus ingresos para no depender de una sola cosecha. Que una cooperativa mejore su producción para acceder a nuevos compradores. O que una persona adquiera conocimientos técnicos que permitan aplicar mejoras reales en su actividad diaria.
En CODESPA, estas soluciones se diseñan siguiendo un criterio claro: las soluciones deben cumplir las cinco “Aes” de la innovación social: Adecuadas, porque responden a una necesidad real; Accesibles, porque llegan a quienes las necesitan; Asequibles, porque son económicamente viables para poblaciones vulnerables; Adaptadas, porque respetan el contexto social, cultural y productivo; y Ambientalmente sostenibles, porque no generan impactos negativos en el entorno.
La innovación no es el último avance tecnológico, sino decisiones cotidianas que transforman la realidad: dejar de quemar residuos al comprender su impacto, convertir pérdidas en recursos productivos o acceder por primera vez a ingresos propios.
Pero también es el reflejo de una realidad incómoda: que quienes menos recursos tienen son, a menudo, quienes más necesitan innovar para salir adelante. No por elección, sino porque el sistema no les ha dejado otra opción.
Ahí es donde la innovación deja de ser tendencia para convertirse en lo que realmente es: una herramienta para reducir desigualdades y construir un mundo más justo.